lunes, 10 de marzo de 2014

EL CASCO VIEJO (I)


Casco viejo, casco antiguo o centro histórico, como queramos llamarle. A eso me voy a referir en estas líneas, que ven por primera vez el recién estrenado 2014. No sé si mi pluma (que comienza ahora este artículo) dará para más o para menos en éste tema. Viene la cosa a cuento, a raíz de una conversación oída éste verano en el centro histórico, en una soleada y calurosa mañana de agosto, en la que dos forasteros caminando por un solitario y silencioso callejón, le decía uno al otro: “¡Este pueblo está muerto, no hay nadie!”. Andaban ligeros y tenían el aspecto de ejecutivos, por la traza de sus vestimentas. Curioseaban, a su paso, casas y balcones. La tranquilidad callejera y el sosiego reinante les llevó a pensar que allí no había vida, y por deducción llegaron a la conclusión de que el casco viejo estaba muerto. ¡Qué equivocados estaban! Aún añadieron: ¡Parece un pueblo abandonado! Estas impresiones llegadas a mis oídos gracias a la quietud reinante, me llevaron a hacer unas reflexiones sobre nuestro casco histórico. Empecemos por el principio. Entendemos por casco o centro histórico de la villa de Jávea el conjunto de edificios y monumentos dentro de las murallas que la rodeaban, construidas en 1306 por orden del rey Jaime I y derribadas en 1873, para ensanche del núcleo urbano. Para entrar en el recinto amurallado, se hacía por varias puertas llamadas Portal de la Ferrería o de Sant Vicent, el Portal del Clot o de Sant Jaume y la Porta de la Mar. Más tarde, se abrió el Portal Nou. La villa, durante muchos siglos, tuvo el aspecto de pueblo seguro, protegido y fortificado. Sin pretender ser un entendido en materia de arquitectura urbana, hay que afirmar que el centro urbano tiene una notable personalidad artística. Haciendo un recorrido por sus estrechas calles se observa la originalidad y limpieza de sus edificios. Las fachadas de sus casas son blancas de cal, su anchura es la de un carro agrícola y su capacidad es la de dos plantas para vivir y una cambra para guardar la cosecha y la matanza. Los portales de las casas son redondos (los menos) o rectangulares (los más), enmarcados con piedra tosca, el elemento decorativo de la arquitectura local. De vez en cuando, en el recorrido urbano encontramos casones solariegos del siglo XVIII que lucen el escudo heráldico de alguna familia de alcurnia, como los Cruañes, en el carrer En Grenyó. Las ventanas de las plantas bajas están protegidas por artísticas rejas que sobresalen sobre las diminutas y escasas aceras. En muchas entradas a las casas y asimismo en las esquinas de las calles estrechas, se adosaban unos poyetes de piedra para evitar la rozadura de las ruedas de los carros o carruajes, con el fin de proteger los edificios y las viviendas. La propia fisonomía y trazado de todas las vías públicas y su carencia de circulación de vehículos, favorece el buen estado de limpieza de sus calles. Se ha cuidado  mucho el aspecto vial del casco antiguo, debido principalmente a dos factores determinantes: por una parte el estímulo y vocación de los vecinos por mantener su espacio público aseado, y por otra parte la colaboración del Ayuntamiento promoviendo las campañas de engalanado de calles y plazas.

La visita y contemplación de un casco viejo, como residuo de otros tiempos, sea de donde sea, nos remite a fantasías históricas. Ahora, me toca analizar las dos clases de cascos antiguos con que nos podemos encontrar: aquellos que son tranquilos y silenciosos en donde se respira la tradición y la belleza de sus caserones y palacios históricos, y aquellos otros, bulliciosos, ruidosos y folclóricos. Hay cascos viejos con solera y cultura ancestral, que por estar situados en zonas de atracción turística, sus dirigentes, para lograr una mayor demanda de visitantes y excursionistas domingueros, ofrecen en sus calles, plazoletas y monumentos, una serie de atractivos recuerdos folclóricos y símbolos deportivos, taurinos...(camisetas, banderillas…), de tal modo que algún turista sale más reconfortado culturalmente del casco habiendo adquirido y enfundado la camiseta de Messi, de Ronaldo o de cualquier fenómeno de la Roja, que habiendo tomado conocimiento de cualquier palacio o fortaleza, y su papel en la Historia. Las visitas a estos cascos, con promociones más dirigidas al comercio que al conocimiento histórico, no transmiten el sabor de la antigüedad ni la sensación del pasado. Se acabó por hoy. Seguiremos hablando del casco viejo.

  
                                             Vicente Catalá Bover
                                              Diciembre 2014

LAS FELICES, EMPALAGOSAS Y CANSINAS NAVIDADES


Un año más de nuestra vida, y ya está aquí de nuevo la Navidad;  aunque la verdad sea dicha llevamos un par de meses “saboreando” la dichosa Navidad: Feliz  para unos y molesta para otros. Hablaremos, como en estos últimos años de ésta festividad, respetando todas las opciones. La Navidad, hoy día, es un fenómeno sociológico de masas digno de estudio y  de observación por lo que se refiere al comportamiento del individuo. Es en estos últimos tiempos, de globalización y del estado del bienestar es cuando se convierte en dificultad la tarea de definir y dar el significado exacto a esta fiesta. Si consultamos cualquier diccionario de la lengua, nos encontramos con una respuesta puntual y sencilla, en la que se nos dice que la Navidad quiere decir el nacimiento de Jesús, y el tiempo que abarca, que normalmente es hasta Reyes. No añade ninguna otra interpretación. El caso es que este significado, único y originario de la palabra, está obsoleto, desfasado y olvidado por una importante mayoría de la población, aunque esta sea y se identifique como cristiana. Modernamente, el mundo vive otra Navidad, muy distinta a la que dio sentido a su origen histórico. Es otra mentalidad, otro mundo, otra dimensión social. La sociedad, dentro del mundo globalizado en que estamos inmersos, vive la dimensión de otro tipo de fiesta. Hoy las Navidades, despiertan unos estímulos y sensaciones que se traducen en sentimientos de afectividad hacia la familia y hacia los demás mortales. Estos afectos se traducen en una ansiedad y pasión desenfrenada por echarse a la calle y cargar de regalos. La Navidad, lejos de su origen se centra en esa actividad económica, ciñéndose a las compras, reuniones y abundantes comilonas. El mundo ha dado la espalda a la fiesta tradicional, y se hace necesario definirla para los futuros diccionarios. En un nuevo diccionario, la palabra Navidad tendría una nueva acepción. El primer significado, viene expresado de una forma escueta diciendo: “1.Navidad, nacimiento de Jesús”. 2. Tiempo que va desde dicho día hasta la Epifanía”. La nueva significación sería de esta forma: “3. También se entiende por Navidad las fiestas que se celebran en el orbe cristiano, que en recuerdo de los presentes ofrecidos por unos magos de Oriente al Hijo de Dios, nacido en Palestina, todos los habitantes del mundo se dedican con fruición y complacencia a la gastronomía y se obsequian mutuamente con regalos”. Este año he titulado mi artículo “Las felices, empalagosas y cansinas navidades”. Con ello creo dar gusto a todos. Estos tres adjetivos califican la calidad de la Navidad y su explicación en las diferentes edades de la persona y su entorno. Las Navidades son felices en la edad temprana de la niñez, la adolescencia y la juventud. Esa etapa de la vida se nutre de esperanzas en estas festividades: se relajan las obligaciones escolares, crece la ilusión por la llegada de los Magos o del Papá Noel, los regalos y aguinaldos, todo ello con la familia al completo alrededor del Belén o del árbol. Es una parte de nuestra existencia idealizada y carente de las contrariedades y adversidades que están por llegar. Transcurrida ésta fase se entra en la madurez, donde la fiesta a base de repeticiones anuales, entra en la monotonía y produce cansancio, hastío y fastidio. Los preparativos y planes son los mismos de años anteriores, provocando la sensación de empalago y ganas de que terminen. Llegada la vejez, la fiesta es cansina y pesada. Todos los ingredientes de la misma son los habituales de las otras edades, desde cuando éramos niños. Esas Navidades son cansinas porque el primer brote (palabra utilizada por Zapatero) de la Navidad aparece en julio con la lotería, y acaban siendo machaconas. Te machaca el comercio pidiendo que compres el cordero y el marisco en Noviembre para no castigar el bolsillo. Hay que llenar la nevera en noviembre. Esto no lo comprendo, o sea a más consumo más precio. Tendría que sacar mis apuntes de Economía de la Facultad para comprenderlo. También te machaca Hacienda, recortando la ilusión de la lotería con un bocado del veinte por ciento y finalmente te machaca el ambiente callejero con su ruido y bullicio de villancicos, papánoeles callejeros y luminarias en calles, balcones y establecimientos. A pesar de ser empalagosas y cansinas, aún tenemos fuerza (¿o hipocresía?) para desear que sean felices para todos, familia y los demás. A pesar de parecer crítico y severo, deseo, a mis lectores y al equipo que hace el Semanal, lo mejor para el año entrante.

  

                                      Vicente Catalá Bover
                                       Diciembre 2013

LA ABUELIDAD


La palabra abuelidad no figura en el diccionario de la RAE, ni en ningún otro, por la sencilla razón de no ser conocida como término gramatical. El inventor de la misma es el profesor e investigador local Juan Bta. Codina, y, yo quiero dar mi opinión sobre este “nuevo” vocablo. En los diccionarios de la lengua castellana o española, la palabra maternidad, independientemente del significado de gestación, se define como “estado o calidad de madre”, y del mismo modo la palabra paternidad es calidad de padre. Entonces, cómo se definiría la abuelidad? Por lógica y analogía, sería: calidad de abuelo Los hijos son la consecuencia de la maternidad-paternidad. Los nietos son el resultado de la abuelidad. Los abuelos, hasta hace  bien poco formaban parte de la familia en la esfera externa de la madre y del padre, pero hoy están completamente integrados en el núcleo inicial de la familia, y son complemento o añadido indispensable a la madre y al padre. Recuerdo que en la niñez de mi generación, redundando en la idea de que los abuelos estaban en la esfera exterior de los padres, el ir a ver a los abuelos era un acto más social que familiar. Había que anunciar la visita (el anuncio era costumbre de la época) y presentarse ante los mismos correctamente vestidos, y guardando las normas de urbanidad aprendidas en la escuela. Eran unos encuentros calificados como visitas de cumplimiento hacia los abuelos. Y así, hasta la próxima. Y, yo me pregunto, ¿por qué este distanciamiento hacia los abuelos? Por la sencilla razón de que en nuestra cultura (hasta ahora) ha estado arraigada la idea negativa de la vejez, y el rechazo social a los viejos,  clasificados como personas de la Tercera Edad.  Los abuelos resultaban incómodos a la propia familia y se les recluía en asilos y residencias. Contra ésta corriente de eliminar a los abuelos, éstos se rebelaban y protestaban exclamando a sus hijos: “¡puedes hacerme abuelo, pero no anciano!”. El convertirse en abuelo se asociaba a la ancianidad y a la vejez: ser abuelo era ser viejo. Modernamente han cambiado los hábitos y conceptos o formas de entender la vida. Hoy los abuelos, ni son ancianos ni son viejos. Al contrario, existe una valoración positiva de la sociedad hacia los mismos, así como un reconocimiento de su actual dedicación, colaboración y ayuda a los hijos. Debido a la crisis económica actual, hoy los abuelos y abuelas desempeñan un papel importante, colaborando eficazmente con los hijos en el mantenimiento económico de la familia.  Con el alargamiento de la vida se han producido cambios muy notables en la vida de las personas y su relación con la sociedad. Se ha comprobado que la llegada de los nietos supone una inyección de alegría, optimismo y vitalidad. A los abuelos, se les ingresaba en las residencias cuyo mantenimiento costeaban con su pensión de jubilación. Hoy, se da la paradoja, de que el abuelo es un ser no solo querido, sino apreciado, y se les saca de su reclusión para contribuir con su ayuda el mantenimiento de sus hijos y de sus nietos. ¡Tengan una buena abuelidad los que estén en ese estado! Y, cambio de tema.

UNA ADVERTENCIA.- A los lectores del Semanal que siguen con interés mis colaboraciones en éstas páginas, les expreso mi agradecimiento, con la seguridad de que lo hago con la esperanza e ilusión de entretenerles y de ocupar un tiempo que les dedico con mucho gusto. Mi reconocimiento a ustedes, es posible gracias a la generosidad de Amparo Botella, esa mujer emprendedora, eficaz y vital, que me dio la oportunidad de asomarme a éstas páginas, para llenar el tiempo de descanso que concede la jubilación, del mismo modo que años atrás le concedió este privilegio al inolvidable y querido don Juan Ortolá, que con su exquisita formación supo plasmar opiniones interesantes, valientes y polémicas, que fueron del agrado de los lectores en unos casos y de disconformidad en otros. Vengo a decir todo esto, porque desde hace algún tiempo, me ronda por la cabeza la idea o proyecto de realizar un trabajo que podría ser de interés local, por lo que voy a necesitar algo de tiempo para dedicarme a ello. Ello significa, que durante un par de meses, más o menos, mi colaboración en el Semanal, saldrá más espaciada, y no como ahora que me leen cada semana. Así pues ya lo saben, y si alguna semana no me ven, es que estoy algo ocupado con el asunto que espero poder llevar a buen término y que ustedes verán. Hasta la vista.

 

                                          Vicente Catalá Bover
                                           Diciembre 2013   

EDUCACION Y VIOLENCIA DE GENERO


En el mes de noviembre de 2013, que acabamos de dejar, han tenido lugar dos acontecimientos relacionados entre sí. Por una parte, el día 25 de dicho mes, por auspicio de Naciones Unidas se celebró el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, con diversas actividades encaminadas a la erradicación y lucha contra la plaga machista, que amenaza, atormenta y asesina a las mujeres. Hay que empezar el edificio desde la base: por la educación. La educación es el conjunto de medios dirigidos a instruir y formar a una persona, especialmente a los niños. Los sistemas de enseñanza son la base para el desarrollo de la educación. El desarrollo del individuo está condicionado por una buena educación, uno de los derechos fundamentales de la persona reconocido en la Constitución. La educación tiene por objeto desarrollar en el ser humano, desde niño, un cierto número de estados físicos, intelectuales y niveles necesarios para la existencia de una pacífica sociedad política. La educación transmite una cultura y una sabiduría que deben contribuir al perfeccionamiento del sistema social y económico de un país. El sistema escolar, apoyado en una buena actividad pedagógica favorece las condiciones sociales y culturales de una nación. Véase el ejemplo de los países nórdicos de Europa, que disponen de un avanzado régimen educativo, y un acusado respeto hacia la autoridad del profesor. Acudiendo al segundo tema de éste artículo, el de la violencia de género, hay que decir que el machismo genera todo tipo de violencia y forma parte desgraciadamente de nuestra cultura. Los hombres y las mujeres son diferentes, pero no superiores o inferiores. Se carece de mecanismos de prevención o erradicación de la agresividad vivida por los jóvenes, porque en la escuela no se enseña (con la necesaria intensidad) esta materia, basada en la igualdad entre uno y otro sexo. Es importante que el Estado se ocupe de ésta cuestión a través de una política docente nacida y explicada en las aulas. Es importante que los niños y las niñas en el periodo de su formación básica intelectual tomen conciencia de su igualdad en la familia y en la sociedad. La escuela, es el espacio indispensable para lograr esta aspiración. Es obligación del Estado prevenir esta violencia, tratar las causas de ésta desigualdad histórica y castigar a los violentos. La violencia contra las mujeres es consecuencia de la discriminación que sufren éstas, tanto en las leyes como en la práctica diaria. Si el día 25 de noviembre se celebra el Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el día 29, unos días más tarde, se aprobó en el Congreso de los Diputados, con el apoyo en solitario del partido gubernamental, la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), que viene a modificar la actual LOE aprobada por el gobierno socialista en 2006. Esta nueva ley nace con la oposición de los restantes partidos del Parlamento y está huérfana de contenidos tan importantes como la igualdad de género,  la orientación sexual y la discriminación social. Aún no ha entrado en vigor su aplicación y los partidos políticos de la oposición ya están pensando en su derogación en cuanto alcancen el poder. La nueva ley, según los comentaristas expertos es un retroceso de los valores educativos en materia de igualdad entre hombres y mujeres para evitar la violencia machista. Es ceguera e ignorancia social y política no darse cuenta (nuestros políticos), de que hay que trabajar en el campo de la educación para la formación integral de los individuos de una colectividad. No se comprende que en éste campo cueste tanto a nuestros representantes (los que hacen las leyes) llegar a acuerdos coincidentes y satisfactorios para alcanzar la tranquilidad familiar y social. La educación, y todo lo que arrastra la misma, hace grande a los pueblos: el nivel, la calidad y la prosperidad de los mismos se debe a las cabezas y mentes preclaras que salen de los centros docentes y de las universidades. Como he dicho, los países del norte europeo (Noruega, Suecia, Dinamarca…etc.) gozan del mayor nivel de vida, respecto de los demás gracias a que la sociedad está apoyada en un sistema educativo preferencial. La mayor inversión presupuestaria se la lleva la educación. Para terminar, la violencia de género no se acabará con castigos ni leyes represivas, sino con la educación. Si no hay leyes educativas buenas, es que hay políticos malos.

 

                                               Vicente Catalá Bover
                                                Diciembre 2013

LA MATANZA


Del cerdo, por supuesto. La matanza del cerdo ha sido una actividad familiar muy habitual en los pueblos desde los tiempos antiguos. Se lleva a cabo una vez al año, en los meses de frío de noviembre, diciembre y enero. En una sociedad rural basada en la producción o riqueza agrícola, como en Jávea, la economía familiar se complementaba con la crianza de uno o dos cerdos. El cerdo es un animal con un alto valor nutritivo, con la particularidad de que es enteramente aprovechable y comestible (“Del puerco hasta el rabo es bueno”). Una parte de su carne se destina a la charcutería (jamones y embutidos) y la otra se consume en asados, fritos, guisados…etc. Era costumbre en muchos hogares, reservar un espacio para pocilga o porquera, en la que se cebaba al cerdo durante un periodo de tiempo entre diez o doce meses. El cerdo era alimentado con sobras alimenticias, como mondaduras de patatas, cortezas de melón…pero el principal alimento con el que era engordado era el salvado que se mezclaba con patatas, remolacha, calabaza, maíz…etc. La llegada del frío,  a partir de noviembre, señalaba la hora del sacrificio. La matanza del cerdo está recordada en muchos refranes populares. Ya se sabe que los refranes son fuente de inspiración en muchos trabajos y ocupaciones de la vida diaria. Son como una enseñanza e intuyen lo que va a suceder. Las tres fechas más señaladas para el sacrificio del cerdo vienen avaladas por refranes. El primero, es que hace referencia al 11 de noviembre, festividad de San Martín: “A todo cerdo le llega su San Martín”. El siguiente en el tiempo, corresponde al 30 de noviembre, y dice así: “Por San Andrés mata tu res, flaca o gorda o como esté”. El refrán que cierra el ciclo, se refiere al día 17 de enero, San Antonio Abad (el santo del “porquet”), muy similar al primero: “A todo cerdo llega su San Antón”. Estos refranes se completan con éstos: “Cochino matado, invierno solucionado”, “Por Nadal tu puerco en sal”, y así otros parecidos. Una vez engordado el marrano, las operaciones siguientes eran la muerte del mismo y el aprovechamiento de su carne. Ambas actividades se desarrollaban con gran actividad y rapidez por parte de los que intervenían en las mismas, que eran la familia al completo y amigos invitados. La matanza solía tener su lado festivo y de celebración, que ocupaba a los hombres, a las mujeres y a los niños. Los primeros eran los encargados de dar muerte violenta al cerdo. Para ello, la primera medida era inmovilizarlo y atarlo a una mesa, y una vez bien sujeto el verdugo o matarife de turno provisto de un cuchillo carnicero, se lo clavaba en el cuello, provocando un manantial de sangre, entre fuertes chillidos del animal, la cual era recogida en un lebrillo de barro. Esta sangre, sin cuajar, era uno de los ingredientes para la posterior elaboración del embutido. Una vez muerto, el cerdo era socarrado o chamuscado con aliagas encendidas para dejar libre de pelos la piel. Seguidamente se procedía a abrirlo separando el estómago y los intestinos y al despiece de las otras partes: los jamones, las paletillas, el lomo, el tocino…etc. Cumplida esta primera fase, se procedía a los preparativos de conservación y preparación de la carne. Aquí intervenían las mujeres, empezando con el hervido de la cebolla y trituración de la carne. La cebolla, ingrediente de la morcilla, una vez hervida se la introducía en un saco y se presionaba sobre el mismo para que escurriera el agua. La carne preparada para el embutido, se elaboraba con el empleo de una máquina manual, fabricada en hierro, que tenía la doble función de triturar y embutir la carne en la tripa del cerdo. En los años 40, y siguientes ésta máquina era de la marca ELMA, atornillada a una mes y se accionaba por medio de una manivela situada en un extremo. La parte superior disponía de una abertura por la que se introducía la carne previamente adobada y preparada, la cual era triturada por unas cuchillas. En el otro extremo de la máquina, existía una salida a la que se acoplaba un embudo por el que a través del cuello del mismo, salía la carne y se introducía en la tripa. Aquí, en ésta etapa de la matanza solían intervenir los niños, que tomaban estas labores como un juego. La matanza del cerdo, desde siempre ha tenido una honda significación social y ha tenido un protagonismo popular de primera magnitud. El escritor Julio Camba (1884-1962), buen gastrónomo y aficionado al buen comer dijo: “La matanza del cerdo constituye algo como un sacrificio a la divinidad y se realiza con gran pompa”.

 
                                            Vicente  Catalá  Bover
                                             Noviembre 2013

RECTIFICAR ES DE SABIOS


Hace unas semanas, publiqué en éstas páginas unas líneas  dedicadas a los médicos ejercientes en Jávea en los años 40. En el artículo citaba a los médicos don Jaime Martí, don José Ferrándiz y don José Bover. Algunos lectores, con perfecto conocimiento de los acontecimientos antiguos de la villa, me han advertido que en mi relato había omitido la figura del médico javiense don Jaime Buigues Pons, hijo del entonces administrador de correos, que ejerció la medicina local en esa década de los 40. Efectivamente, ante tal omisión, pido disculpas y tengo que añadir, que no comprendo cómo pude dejarme en el tintero a un personaje tan entrañable, admirado y querido por el pueblo. Mis padres y yo mismo, tuvimos una buena amistad con el mismo. Hablando de rectificaciones, también debo confesar que al médico Martí le atribuí el estado de casado, cuando era soltero, y el médico don Salvador Barber su segundo apellido es Ros y no Part (que era el de su padre) Hechas las rectificaciones, entro en materia. Don Jaime Buigues Pons, de notable abolengo familiar, era hijo de don José Buigues, administrador de Correos, y sobrino de Celestino Pons Albi, el que fuera importante político y presidente de la Diputación de Alicante, en la primera mitad del siglo XX. Estaba casado con Juanita Buigues Morató, que casualmente también era hija de un administrador de Correos de una localidad de Tarragona. El médico Buigues, era un hombre educado, de trato afectuoso y sonrisa fácil. La afectuosidad era la principal característica de su personalidad. Mantuvo con mis padres una excelente amistad, hasta el punto de que asistió a mi madre en el parto de mi hermano Juan Carlos, en el Montañar, cuando yo tenía 14 años. Como médico, visitó en numerosas ocasiones mi casa, atendiendo a la prole de cinco hermanos. Mi madre tenía mucho ojo clínico en cuestión de dolencias y enfermedades infantiles. Entendía y sabía aplicar los remedios adecuados, que en aquellos tiempos eran tan rudimentarios y caseros como la aplicación de cataplasmas, la administración de aceite de ricino o la toma de lavativas. Dicen los científicos que los genes y caracteres de la personalidad de los individuos se transmiten más de abuelos a nietos, que de padres a hijos. Mi madre era nieta de Juan Bautista Bover Dalmau, el médico de los hermanos Carlos y Cristóbal Cholbi, fundadores del Asilo en 1884. Mi madre, bien por la experiencia que le daba la crianza de cinco hijos, o la inspiración médica que le venía de  herencia, el caso es que entre ella y el médico Buigues estábamos bien atendidos y cuidados médicamente. Recuerdo que Don Jaime llegaba a casa, y después de cálidos saludos, se sentaba en el borde de la cama, y de su maletín de médico sacaba el fonendoscopio y la lamparilla, con los que auscultaba y  examinaba la garganta y los oídos. En el diagnóstico de la dolencia, y la prescripción del medicamento solían coincidir mi madre y el médico. Realmente el tipo de enfermedades se reducían a resfriados, anginas y cosas parecidas. A don Jaime siempre le he asociado con un medicamento para el remedio o curación de las anginas, del cual yo era muy propenso a contraerlas. Recuerdo perfectamente, que éste me prescribía unos supositorios llamados “Rectagmidol”. Este medicamento, venía presentado en una cajita de corcho, que contenía dos supositorios envueltos en papel de “plata”. Este atractivo envase de corcho lo utilizaba, a modo de plumier, para depositar las plumas del palillero que utilizábamos en la academia Jesús Nazareno. En la década de los 40-50, don Jaime Buigues era el único médico que estaba motorizado. Primero utilizó una moto y más tarde un pequeño “Austin”, con los que se desplazaba a visitar a sus enfermos. Lo aparcaba en la plazoleta del Pintor Sorolla (hoy hermanos Segarra Llamas) al lado de su casa, en donde tenía la consulta. Años más tarde, trasladó la vivienda y la consulta privada a su nuevo domicilio en la plaza de la Iglesia (lo que hoy es fotografía Aguado). Hacía una vida metódica y ordenada. Siempre cenaba lo mismo: hervido y tortilla francesa. Se bañaba en la playa del Tangó (o del Pope) todos los días del año, siempre que sus obligaciones se lo permitieran. Como hombre de arraigo, fue nombrado juez de paz, pero el ejercicio del cargo, le supuso un contratiempo en el desempeño de la medicina, por lo que solicitó la renuncia antes de acabar el mandato. Con estas líneas me doy por disculpado de mi omisión.

 
                                                         Vicente Catalá Bover
                                                         Noviembre 2013

NOVIEMBRE


Noviembre, mes de difuntos y de matanza (“por San Andrés, mata la res” dice el refrán). Este tema lo tenía preparado para publicarlo la semana pasada, coincidiendo con el día de Todos los Santos y de los fieles difuntos, pero la alarmante noticia de la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo con la puesta en libertad de los asesinos de ETA, hizo que cambiara de opinión y dedicara mi columna semanal para comentar este acontecimiento. Como aún estamos dentro del mes, hablaremos de los difuntos. Empezaré diciendo, que España, a través de la Historia ha demostrado su vocación y efecto de esponja, absorbiendo las culturas de los países que la han invadido. Romanos, cartagineses, visigodos, árabes… y ahora los anglosajones, han influido en la idiosincrasia de nuestra colectividad. Ejemplos de ello son el árbol de Navidad (haciendo la competencia al Belén), el Papá Noel y Santa Claus (sustituyendo a los Reyes Magos) y ahora la fiesta de Halloween. Todos estos eventos han dejado su sello en nuestra manera de ser. Lo último importado, el Halloween, que significa “víspera de todos los santos” y tiene su origen en los países anglosajones. Aquí en España, nos llega de EE.UU. Esta festividad, de cierta complejidad, está relacionada con la muerte y con los espíritus buenos y malos. A diferencia de España, la celebración no tiene su base en el recuerdo y dolor por un familiar fallecido, sino en el trasfondo e interpretación de la muerte como hecho natural y cesación de la vida, con la utilización de máscaras y disfraces, para provocar sustos, bromas y travesuras. Tienen una importante colaboración los niños, los cuales disfrazados de duendes, fantasmas y demonios, pasan por las calles pidiendo dulces de puerta en puerta y son recompensados con caramelos y golosinas. Esta fiesta, aquí es moderna, de hace unos cuantos años, pero se va imponiendo en nuestra sociedad, sobre todo entre la juventud. En España, la fiesta de Todos los Santos, se ha ceñido desde siempre a visitar los cementerios y recordar a los seres queridos que nos han precedido en el camino hacia el más allá. El vocablo cementerio deriva de una palabra griega que significa dormitorio, y generalmente es un terreno cercado destinado a enterrar a los muertos. Estos recintos, se han llamado desde siempre camposantos, debido a que en la cultura cristiana la muerte es la separación del cuerpo y del alma y el paso previo para gozar de Dios. Al tener relación con los misterios divinos, la Iglesia tomó la iniciativa de dar tierra a los difuntos y ese lugar pasó a llamarse camposanto. Hoy, esta denominación ha desaparecido. Más tarde el poder civil tomó la iniciativa y los municipios se encargaron de regular ésta cuestión, pasando a llamarse cementerios municipales. En el transcurso de los tiempos, los enterramientos se realizaban alrededor de las iglesias y fortalezas en donde se refugiaban los habitantes de la población en evitación de los ataques del enemigo. Así tenemos, que los descubrimientos arqueológicos han hallado fosas con restos humanos alrededor de la iglesia de San Bartolomé, concretamente delante del palacio de los Sapena, actual sede de la alcaldía. Para descongestionar la zona de la iglesia, se habilitó un cementerio llamado “lo fosar d´avall”, situado en la actual calle D´avall, dentro de la muralla recayente al sur. En 1502, Diego de Sandoval, marqués de Denia y señor de Jávea (Jávea no fue villa hasta 1612, por privilegio de Felipe III) mandó construir un hospital y una capilla dedicada a Santa Ana y San Joaquín junto al fosar existente. Esta situación se mantuvo hasta principios del siglo XIX, en donde los regidores de la villa con criterios más realistas y adelantados, tomaron la decisión de construir un cementerio fuera de las murallas y apartado del núcleo de la población. De los tres portales de que constaba la muralla, se eligió por mejor situación la puerta de San Vicente o de la  Ferrería, en la partida de San Juan, muy próxima al caso urbano, en donde había una ermita, la cual quedó englobada e incorporada al nuevo recinto. El nuevo cementerio se inauguró en 1817 y los enterramientos se hacían bajo tierra, pero a medida que el terreno se iba llenando de sepulturas, hubo necesidad de recurrir a nuevas soluciones. El proyecto fue puesto en práctica a mitad del siglo XIX, y fue la de construir nichos, unas concavidades de piedra tosca, superpuestas formando un muro para la colocación de los féretros. Este cementerio, ha sobrevivido hasta finales del siglo XX.

 
                                              Vicente Catalá Bover
                                               Noviembre 2013